Y llega un día en que nos sorprendemos sonriendo. La primera sensación será tal vez de culpa; nos parece imposible haber vuelto a hacerlo. Pero la vida tiene su propia fuerza arrolladora: como una ola siempre ascendente incorporara la vida de esa persona a la que amamos tanto - no su muerte, sino su vida- al resto de nuestra realidad.

A partir del sufrimiento, de la tristeza, aprendemos a valorar la vida. Llega por fin el día en que una nostalgia que no hiere reemplaza al dolor del vacío y la incomprensión.

Aceptamos su desaparición física porque percibimos junto a nosotros su presencia espiritual. Y aprendemos de modo definitivo que el amor no muere nunca.

Ahora es tiempo también de valorar a los que han permanecido a nuestro lado, alentándonos, protegiéndonos.

El recuerdo de quien ya no esta se suma a la presencia de los que nos rodean, y todos se unen en una sola palabra: amor.

El amor nos da fuerzas para aceptarlo todo, para ver y apreciar lo que la vida nos da, mas allá de lo que también nos quita.

El amor nos ayudara a encontrar la paz, la esperanza y a recuperar la alegría que necesitamos para que nuestro mundo, que parecía detenido, siga girando como siempre.
 

 

 

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