Vive con tus muertos que viven


¿Por qué titulé así estas páginas? Te lo cuento. Myriam una mujer madura, me comentó su pesar, pese a los diecinueve años transcurridos, por la pérdida de un hijo, a causa de un accidente. Me permití sugerirle que leyera mi librito, NO TE MUERAS CON TUS MUERTOS. Y con espontánea inmediatez me respondió: "¡Ah no, yo no me muero con mis muertos, YO VIVO CON MIS MUERTOS!" Y me pareció una afirmación muy acertada, capaz de transmitir el mensaje que quiero comunicar con este libro. Si piensas que al morir todo acaba en la destrucción y en la nada, no sólo este título, sino todo el libro, te resultará increíble y chocante. Pero si crees y esperas que la vida continúe más allá de la muerte, la invitación a vivir con tus muertos te resultará aceptable y alentadora. Abierto a la trascendencia, aceptando esta otra etapa de la vida, tú crees seguramente en Dios, y no rechazas la invitación a buscarlo, a tenerlo presente, y a vivir en él y con él, aunque no lo veas. Ahora bien, si admites que esto es posible, ¿por qué no aceptar que también puedes vivir con tus muertos que viven? Además, si tus muertos no hubieran muerto, sino emigrado a un lejano y desconocido lugar, sin ninguna posibilidad de comunicarte con ellos, los llevarías en tu memoria y en tu corazón aun sin verlos. ¡No dejarías de saber que viven, que los amas y te aman!

Y si crees que tus muertos viven, ¿por qué, pese al dolor de no verlos, no ha de ser posible vivir con ellos, recordándolos con amor?


Silencio

El Maestro solía hacer prolongados silencios, cuando conversaba con sus discípulos. Uno de ellos lo interrogó:

- Maestro, ¿por qué guardas tantos momentos de silencio, cuando nos confías tus reflexiones? El maestro respondió:

- El silencio es el tiempo que el que habla necesita, para decirse primero a sí mismo, lo que luego comunicará al otro. Porque cuando se habla sobre la vida, no se es veraz, auténtico y coherente, si no se comienza escuchándose a uno mismo. Y el silencio para el que escucha, es el tiempo necesario para que se disponga, como la tierra, para recibir la semilla.
Repeticiones

El Maestro hablaba poco, lo necesario, y con frecuencia repetía sus enseñanzas. Un discípulo le preguntó:

- Maestro, ¿por qué repites tantas veces tus máximas o tus consejos? Y escuchó esta respuesta:

- El hombre que martilla un clavo no lo golpea para darle tres o diez golpes, sino que lo hace para que se clave en la madera. Yo no digo por decir, ni enseño por enseñar, sino para que lo que enseño diciendo sea comprendido y vivido.

¡VIVE CON TUS MUERTOS QUE VIVEN!

Sé como la madre parturienta, que grita su dolor mientras alumbra, para vivir después su indecible alegría cuando estrecha, con sus brazos sobre el pecho, la vida que entregó y que, devuelta, la alegra mucho más que antes de darla.

PORQUE EL AMOR ES MAS FUERTE QUE LA MUERTE, y todo lo que entrega no lo pierde, porque lo recupera acrecentado, precisamente por haberlo dado.
Cuando naciste, dijeron: "Te dieron a luz", "Te alumbraron". Pero tú cerraste los ojos encandilado, enceguecido.
Cuando mueras cerrarán tus ojos, y dirán: "Se durmió en paz". Y tú estarás como nunca, con los ojos abiertos a la Luz, como nunca despierto. ¡Para siempre!

En el silencio solitario de una cabaña, oculta entre la tupida arboleda, el Maestro conversaba con tres discípulos.

- Hoy vamos a meditar sobre la realidad de la muerte. Quiero comenzar sabiendo qué es para cada uno de ustedes... Tómense su tiempo... Después de un momento de hondo silencio, surgieron las respuestas.
- Para mí, la muerte no existe. Yo no pienso en ella - dijo el primero.
- La muerte es el final de todo... Y todo acaba con ella - afirmó el segundo.
- La muerte es un cambio en el modo de vivir... Es el final de esta etapa y el comienzo de otra, que es eterna- finalizó el tercero.

El Maestro permaneció callado largo rato, como dándoles tiempo a sus discípulos para que rumiaran el sentido de sus respuestas. Con una rama seca trazaba enigmáticas figuras sobre el piso de tierra. Y al final se dirigió al primero, diciendo:

- Un hombre decidió explorar la espesura de la selva. Un amigo le advirtió: "Cuídate del león. Mira que puede sorprenderte y atacarte". El explorador se fue internando sigilosamente hacia el corazón enmarañado de la selva. El temor de verse enfrentado con el león le quitaba la paz, llenándolo de pánico. Y decidió aliviarse, diciéndose a sí mismo: "El león no existe".
Unas horas después oyó voces o ruidos extraños. "¡El león!", le gritó su pensamiento. Pero el hombre se tranquilizó al instante. "No. ¡El león no existe!" Y siguió su camino. Los rugidos se oyeron más claros y cercanos. Pero el hombre se repetía: "El león no existe". Como el explorador no regresó a su aldea, los amigos salieron a buscarlo. Y regresaron con sus ropas hechas jirones.

El Maestro respiró profundamente y guardó silencio. El discípulo lo miraba atento, como esperando que continuara su relato. Pero el Maestro se limitó a mirarlo preguntando:

- Creo que sí - fue la respuesta vacilante del discípulo.
- El león no deja de estar acechando en la selva, porque tú lo niegues. Más vale pregúntate cómo lo encararás, cuando te ataque - concluyó el Maestro. Luego echó una mirada hacia lo alto, como buscando algo, para después mirar a los otros dos discípulos.

-Dos caminantes se encontraron en un cruce de caminos - comenzó diciéndoles. Fatigados por lo andado, se
sentaron ambos a la sombra de un árbol para descansar. Sacaron de sus alforjas sus provisiones y
compartieron una frugal comida. Mientras comían, el primero preguntó al otro:

- ¿Hacia adónde vas?
- Voy hacia el puente final.
- ¿Y para qué?
- ¡Hombre! - respondió con impaciencia el segundo - voy para caminar. Yo disfruto del camino, hasta que se acabe. ¿Y tú?
-Yo voy al mismo lugar que tú, me dirijo al puente final. Pero no voy como tú, para caminar... , ¡yo voy para llegar!
- ¿Y cuál es la diferencia, si ambos caminamos y ambos vamos hacia el puente final?
El interpelado vaciló un instante y respondió con una pregunta:
- ¿Y qué harás tú cuando llegues al puente final?
-¡Nada! Porque me han dicho que cuando se llega hasta él, termina el camino y desaparece el caminante. Acaso tú, ¿esperas encontrar algo distinto?
-¡Sí!, mi amigo - concluyó el segundo. Yo camino hasta el puente final, donde muere esta senda. Pero espero pasar a la otra orilla, donde nace otro Camino, que nunca se acaba, y se recorre con dicha y sin fatigas...
Y aquí concluyó el Maestro su relato.
En silencio trazó con su rama sobre la tierra un camino estrecho, que llegaba hasta un puente y en la orilla opuesta trazó una ancha avenida, que se prolongaba indefinidamente.
Los discípulos aguardaron silenciosos y recogidos, con la seguridad de que el Maestro cerraría su relato con alguna reflexión. Y le escucharon decir:

- En el camino de la vida, algunos caminan para caminar, y otros caminan para llegar... Algunos van dispuestos a perderlo todo, y otros van esperanzados en alcanzar todo... ¡Unos van hacia la muerte resignados a terminar
y otros, van hacia ella, con la esperanza de comenzar...!

Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a nuestros hermanos. El que no ama permanece en la muerte. 1ª carta de Juan 3,14.

¿No te parece que muchas veces vivimos con temor de la muerte final, y vivimos como muertos porque no amamos? Porque la vida del hombre no se mide por su salud corporal o psíquica, sino por la intensidad y la hondura de su amor. ¿Entiendes? Para los animales vivir es durar, para las personas vivir es amar...

Más allá del silencio de la muerte,
Oigo voces cantándole a la vida,
Recordando que es esa nuestra suerte,
Inmortal, y que en vez de ser vencida,
Renovada en amor será más fuerte.


¡VIVE CON TUS MUERTOS QUE VIVEN!

 

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