Mira que de ti depende cómo recordarlos.

Tú decides imaginarlos muertos y en el pasado, para llorarlos ausentes, o eliges imaginarlos vivientes hoy, para sentir la cercanía de su presencia. ¿O no sabes acaso por tu experiencia, que cuando te proyectas una película de terror, vives aterrorizado, y que cuando eliges una de amor, vibras con ternura?

PORQUE EL AMOR ES MAS FUERTE QUE LA MUERTE: y la muerte que tu amor no pudo evitar, puede vencerla y superarla, haciéndote vivir en comunión con tus seres queridos.

Mientras caminas en la noche, aguardando el amanecer para ver la plenitud del sol, contemplas el esplendor sereno de la luna y gozas de la luz lejana de las estrellas. Mientras peregrinas en medio de las penurias del tiempo, en pos de la felicidad anhelada, puedes gozar intensamente de las pequeñas alegrías cotidianas.

El Maestro y su discípulo caminaban en el bosque a la hora del ocaso. El discípulo formulaba sus preguntas, exponiendo sus inquietudes e incertidumbres ante la vida. Y llegaron a conversar sobre la muerte. El Maestro suspendió la conversación y se detuvo mirando hacia el oeste. En ese momento el sol caía detrás de la línea del horizonte, y sólo dejaba ver sus rayos, surcando el cielo en abanico luminoso. El discípulo se acopló a su actitud contemplativa, porque sabía que el Maestro extraía una lección para la vida, de todo lo que observaba. Y le dijo:

- Maestro, ¿no te causa cierta pena la muerte del sol en la hora del ocaso? Tomándolo del brazo, el Maestro le indicó el camino de regreso hacia la cabaña. Y ambos caminaron lentamente. Detenidos ante la puerta, antes de ingresar, el Maestro de dijo:

- Me hablaste de la muerte del sol en el ocaso. El sol murió solamente para tus ojos, porque tú dejaste de verlo. Mañana, al amanecer, miraremos juntos hacia el oriente, y te convencerás de que no había muerto.

Sabemos que Cristo, después de resucitar, no muere más, porque la muerte ya no tiene poder sobre él. Romanos 6,9

Antes de resucitar, tuvo que morir. Pero después de resucitar, ya no muere más. ¿Comprendes? ¡Se habla de un muerto que vive para siempre, porque ya no muere más! ¡Ojala puedas mirar desde esta óptica, en la fe y en la esperanza, la muerte de los que amas y la tuya!


Moriré y será para sembrarme,
Una vez para siempre y encontrarme,
En el Dios que me espera para darme,
Rebosante alegría al abrazarme,
Todo bien, que por siempre ha de durarme,
En los brazos de Aquel que quiso amarme.

¡VIVE CON TUS MUERTOS QUE VIVEN!

Aprende del mar, que cuando el sol calienta su rostro, se despide de sus aguas, en el vapor que sube al cielo. Pero no llores por él las aguas despedidas; míralas con él flotar en el espacio, jugando con los vientos, y aguárdalas con esperanza, porque mañana serán lluvia, y por el cauce de algún río volverán hacia tu encuentro.

PORQUE EL AMOR ES MAS FUERTE QUE LA MUERTE, y si sabes amar con esperanza, verás que morir no es terminar de vivir, sino comenzar a vivir de otra manera.

Si no tienes una meta que justifique tu andar, vagarás por distintos caminos, pero no los caminarás con alegría. Si una Meta te espera, como respuesta a tus fatigas, peregrinarás dichoso, sin que puedan las tormentas del camino apagar la llama de tu alegría.

El Maestro se acercó, durante la mañana, al pequeño poblado para hacer la compra de sus austeras provisiones. En una de las polvorientas calles, se encontró con un cortejo fúnebre. Un grupo de familiares y amigos acompañaban los restos mortales de un varón, al lugar donde serían sepultados. Una mujer, esposa del difunto que había visitado al Maestro en su cabaña, lo reconoció.

- Maestro, ¿qué sentido tiene la vida, si al final todo se pierde con la muerte?

El maestro apoyó paternalmente su brazo sobre los hombros de la dolorida mujer, y la invitó a seguir al cortejo, al cual él también se unió. Así llegaron al cementerio, sin que el Maestro pronunciara una palabra. Es que en su sabiduría había descubierto que, en los momentos más intensos de la vida, muchas veces las palabras sobran.

Cuando los encargados de la dura tarea arrojaron sobre el ataúd sepultado las últimas paladas de tierra, la mujer, en medio del llanto, volvió a interpelar al Maestro.

- Maestro, ¿qué sentido tiene esta vida?

Sin quitar su brazo de los hombros de la viuda, el Maestro respondió:

- La vida tiene el sentido que tú le das. Y el sentido que le das a tu vida, incluye el que le das a tu muerte. Tú debes decidir para qué morirás, si quieres saber para qué vives.

- Pero, Maestro - suspiró la mujer - ¿y si todo se acaba con la muerte?

-Si fuera así, tu esposo no se enteraría para sufrirlo, y tampoco lo padecerás tú cuando mueras. Pero si no todo se acaba, sino que todo recomienza en la plenitud de la felicidad, ¿por qué no eliges vivir en la alegría esperanzada?

Con un dejo de acentuado dolor y de no disimulada irritación, le replicó la mujer:

- ¿Pero quién me asegura que todo ha de seguir mejor, después de la muerte?

- La misma autoridad que te asegura, que todo termina con la muerte. ¿Me comprendes? ¡Esa autoridad eres tú!

La fortuna no sirve de nada en el día de la ira, pero la justicia libra de la muerte. Cuando muere el malvado, se desvanece toda esperanza y se esfuma la confianza puesta en las riquezas. Proverbios 11, 4 y 7.

Un día deberás ser trasplantado, y será tanto menor el sufrimiento y más grande tu alegría, cuanto menos atado y arraigado te sientas en la posesión de lo que tienes.

Velarás sin sentido si es que velas.
Esta noche de duelos y de penas.
Lamentando una triste despedida.
Al llorar sin consuelo tu desdicha.
Todo cambia si velas esperando.
Otra vida que surge cual milagro.
Retoñando en eterna primavera.
Informándote a ti, que cuando mueras.
Otra vez nacerás con vida nueva.

¡VIVE CON TUS MUERTOS QUE VIVEN!

Cuando llegue la noche de la muerte, no te quedes mirando hacia el ocaso del recuerdo y de la despedida. En medio de la oscuridad de tu duelo, mira hacia el oriente, con la esperanza puesta en la seguridad del amanecer.

PORQUE EL AMOR ES MAS FUERTE QUE LA MUERTE, y lo que pierdes con tristeza en los ocasos, lo recuperas con alegría en las auroras.

Mientras no sepas para qué murieron tus seres queridos, no sabrás para qué morirás tú; y mientras no sepas para qué morirás tú, no podrás saber para qué vives.

Porque el hombre tiene hambre y sed de lo eterno y lo infinito, y toda meta que se muere con los límites del tiempo es como un espejismo, ilusoria promesa en el desierto, y tú necesitas caminar con la esperanza del oasis.


El Maestro meditaba solitario y silencioso, sentado sobre el tronco de un árbol caído. Un joven, cuyo padre había muerto, aconsejado por sus amigos, se acercó buscando consuelo y consejo en su sabiduría. Invitado a caminar, el joven se iba desahogando, con el detallado relato de los hechos y de sus penas. El Maestro solía ser de muy pocas palabras, y así lo fue escuchando atentamente hasta que llegaron por el sendero ante la casa de un campesino, amigo del Maestro. El hombre cavaba la tierra con una pala, para hacer un pozo. Su hijo de cuatro años, junto a él, lloraba desconsoladamente.

- ¿Hombre, por qué llora tu hijo? - preguntó el Maestro.

- Mira - respondió el hombre, mientras le mostraba una nuez, que había sacado de su bolsillo -, se la regalaron esta mañana en la escuela. Somos pobres y quiero sembrarla para tener un nogal. Pero él...

- Gracias, amigo - interrumpió el Maestro, e invitó al joven a seguir caminando.

Después de un largo trecho andado en el silencio del monte, sólo interrumpido por el trino de los pájaros, el Maestro preguntó:

- ¿Comprendiste?

- ¿Qué? - interrogó a su vez el joven sorprendido.

-Que cuando el Padre Dios siembra una nuez para tener un nogal, el hombre niño, sin comprender, llora la nuez perdida...

Más vale ir a una casa donde hay duelo que asistir a un banquete, porque ese es el fin del hombre y allí reflexionan los vivientes. Más vale la tristeza que la risa, porque el rostro serio ayuda a pensar. El corazón del sabio está en la casa del duelo y el del necio, en el lugar de diversión.

 Eclesiastés 7, 2-4.


Cuando el surco recibe la semilla,
Esperamos pacientes una espiga;
Misteriosa confianza del que siembra,
Esperando seguro la cosecha.
No es un campo de muerte el cementerio,
Triste fin para el hombre sin consuelo;
Es más bien tierra virgen y abonada,
Receptora de siembras de esperanza,
Inmortal como el hombre que no muere,
O al morir se eterniza de otra suerte.



¡VIVE CON TUS MUERTOS QUE VIVEN!

 

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