Los que se fueron siguen vivos, lo que lloramos es no poder mirarlos en la superficie. Les palpamos el alma, sólo se nos ha ido la figura.

Los que se fueron no pasan a ser sombra, siempre hay una lucecita tenue sosteniendo su recuerdo.

Lo que no hacen es aparecer de pronto y asombrarnos con chispas nuevas de su amor o de su inteligencia.

Los que se fueron no están impasibles, se mueven en la imagen del recuerdo y caminan a nuestro lado con la fuerza poderosa de la memoria.

Los que se fueron no alargan los brazos para abrazarnos, pero nos envuelven con un velo tan denso que el olvido no tiene salida.

Los que se fueron no se suplen ni se remplazan, lo que de ellos se pierde no se recupera. Dejan un hueco personal que ningún otro llena. Se fueron, pero a la vez se conservan vivos, con esa “impalpable presencia” y esa nostálgica forma de estar junto a nosotros. Tenemos la impresión de que velan, ayudan y en cierta forma se nos mezclan en la vida.

No deben de haber ido muy lejos los que amamos cuando, ya sin cuerpo mortal, seguimos sintiendo su influencia y tienen el poder de consolar el corazón y de regirnos con su ejemplo.

Los que se fueron dejaron su imagen como una estampa pegada en nuestro corazón. El amor es la luz de la imagen, dándole la claridad para poderse ver… los miramos por dentro.

Esa mirada es la vida del que recordamos. Sin ella, estaría muerto!.

Zenaida Bacardi de Argamasilla

Libro: Cartas para una vida
 

 

 

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