Solamente el enfermo puede hablar de su enfermedad. Y pocas palabras son suficientes para entender. La expresión del rostro, lo débil de la voz, la lentitud de los movimientos, los prolongados silencios, las mismas lágrimas son algunos de los numerosos signos con que se presenta el dolor. Pido perdón a los enfermos por atreverme a escribir del dolor estando sano. En definitiva todos somos enfermos, aspirantes a serlo o alguna ves hemos estado enfermos.
Ante muchos enfermos no se qué decir o hacer. Me siento impotente ante el misterio del dolor. Lo primero que percibo en el enfermo es también una gran limitación; no poderse mover, no poder hablar, ni trabajar, ni apenas respirar... Si le preguntas por sus dolencias apenas te puede dar una explicación. Solo hay una muy clara realidad; el bienestar de la salud se fue, para quedar envuelto en el malestar de la enfermedad. Pero esto no es suficiente; está la duda y el miedo; no sabe cuál será el desarrollo de aquel mal o como será su final. Y el peor de los sentimientos es verse solo, a pesar de estar acompañado por familiares y atendido por el personal médico. La peor soledad en este caso es el no poder trasmitir a nadie su dolor.
La reacción ante la enfermedad depende mucho de la personalidad anterior del paciente. Unos se rebelan, increpan al cielo, se hacen preguntas ... y así sin querer, hacen más grande su malestar, pues al dolor físico se añade un estado de angustia. Otros se resisten a aceptar que eso les puede pasar a ellos: niegan la enfermedad, no la quieren ver, piensan que los médicos y las pruebas estaban equivocados. Este es un mecanismo de defensa para disimularla frustración que supone verse tan limitado. Algunos se acobardan y amargan: se entregan al dolor como si fuese un monstruo que terminará por devorarles; son los que desean morirse y acabar de una vez. Hay quienes se resignan con cierta apatía y se ponen en las manos de Dios, porque no ven otra alternativa. Piensan que es mejor ponerse en las manos de otros que sumirse en la negación.
La mejor actitud, la más sana y cristiana es aceptar la enfermedad como parte importante del vivir diario. Así lo expresan los novios el día de la boda."Te quiero como esposo/a, me entrego a ti. Prometo serte fiel en la salud y en la enfermedad, en la alegría y en las penas, todos los días de mi vida."Son palabras bien realistas. Una aceptación serena del dolor puede despertar en nosotros fuerzas interiores que apenas conocemos; este enfermo saca provecho de sus limitaciones. Ve la vida en diferentes perspectivas y ve la enfermedad no tanto como a un enemigo a quien odiar, sino como una dificultad que hay que vencer, una prueba que hay que superar y un camino - cuesta arriba ciertamente- por el que se puede nadar.
La fe en Cristo, que luchó contra la enfermedad y venció a la muerte, nos motiva y sosiega. Da tranquilidad y libertad a nuestro ánimo temeroso e inquieto. Esto se llama paciencia y esperanza activas que son buena terapia y valen más que muchos médicos. El enfermo logra ponerse confiadamente en las manos de Dios; es un abandono creador, sanador, iluminador. Y es que Dios sí nos cura y fortalece. Y cuando el ánimo está curado, hay medio camino andado para lograr la sanación.

 

 
 
 
 

 

Visita y únete a nuestra comunidad
pinchando en la siguiente imagen.
¡¡¡ Te esperamos !!!!