Paz y bien para todos

Siempre me ha impresionado y, sobre esta frase, estamos meditando, reflexionando, en esta semana. Siempre me ha impresionado lo que dice Jesús: 

"De la abundancia del corazón habla la boca". Es decir, que no son los ojos, es más bien el corazón, lo que a Cristo le interesa y lo que Cristo nos pide que cambiemos. Si nuestro corazón reboza de alegría, será alegría lo que transmitimos. Si reboza amargura y desconfianza, esto será lo que comuniquemos a los demás. Si nuestro corazón está lleno de envidias y de odios, pronto o tarde el menor pinchazo o contradicción hará que nuestras acciones reflejen frutos destructivos en la revancha, en la crítica, en la indiferencia, hacia otras personas. 

Lo importante es tener bien abastecido el corazón, bien abundante en frutos positivos. Dicen que nosotros acumulamos cosas y damos vueltas a heridas del pasado porque tenemos a veces el corazón vacío; y cuando uno está vacío es como si se sintiese en sí mismo el pánico del vértigo; nos sentimos mareados; por eso superamos el vacío llenándonos de tonterías que no pueden dar fruto porque no son savia ni contienen vida.

Pensemos en los animales: por ejemplo, el gorrión que hace su nido en el bosque; le basta con una rama. Y cuando el ciervo siente sed y bebe agua, sólo toma lo que cabe en su panza. Los humanos somos distintos, Tenemos que acumular, amontonar, para después no saber qué hacer con todo lo que tenemos. Y es que si dejamos de tener, nos sentimos vacíos. Precisamente ahí está nuestro mal; somos árboles secos o mejor, aparentemente muy frondosos, pero carentes de una savia sana, e incapaces de dar buenos frutos.

Es decir, somos estériles y dañinos. Como ven, el ejemplito del árbol y los frutos da mucho de sí, repito las palabras de Jesús: "A cada árbol se le conoce por sus frutos, de la abundancia del corazón habla la boca". Y lo pueden ver detenidamente en el evangelio de Lucas, el Capítulo 6, versos del 39 al 45. Podríamos hacer una simple pregunta: ¿Con qué llenas tus vacíos?

No cabe duda que Jesús nos llama a mirarnos a nosotros mismos, como en un espejo, sin miedo, con valentía. Esta es la única manera de hacer que cada cual sea un árbol bueno, de cada día hagamos algo mejor, y demos cada vez mejores frutos. Y sólo así, el gran bosque del mundo podrá ir cambiando, ayudándonos y apoyándonos unos a otros.

El corazón, que es la fuente de nuestro actuar, como la savia es el secreto de los frutos que dará el árbol; ese corazón Jesús no quiere que se quede solo.

En la parte doctrinal, aunque su mensaje esté bien claro y concreto, Él va a algo mucho más práctico: habla de los que gustan de estar criticando a los demás, sobre todo los defectos ajenos, olvidando los propios. Hay muchos que vemos una pequeña astilla en el ojo del vecino, pero no vemos que hay una enorme viga en su propio ojo; y generalmente, al hablar de los defectos ajenos, o tratamos de disimular los nuestros, o sin darnos cuenta, estamos proyectando nuestro y pobre y sucio mundo interior, sobre el de los demás, que a lo mejor, no está tan sucio.

Un ejemplo hecho real nos ayudará a entender perfectamente las palabras de Jesús cuando dice: "¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en su ojo y no reparas en la viga que tú llevas en el tuyo? Hipócrita, sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano".

Pues bien, aquí les presento un hecho real que nos ayudará a entender perfectamente el mensaje de Jesús: se tratabas de una buena señora que siempre criticaba a su vecina, criticaba su forma de vestir, de hablar, de educar a los hijos, de tratar al esposo; y hasta criticaba lo sucia que era a la hora de lavar la ropa.

Pues cuando veía la ropa de la vecina tendida en el patio de enfrente, que separaba las dos casas, se daba cuenta que tal ropa estaba llena de manchas. 

Era, por supuesto, el tiempo que no había lavadoras automáticas, como ahora. No sólo criticaba, sino que comunicaba sus críticas a todos los de la casa.

Un día el esposo de la mujer criticona se acercó a la ventana, desde la que su mujer contemplaba la ropa de la vecina, y para sorpresa suya, se dio cuenta que la ropa estaba muy bien lavada y muy limpia. Era la ventana de su propia casa la que estaba muy sucia, y al ver a través de ella, su esposa veía las manchas del polvo y del churre de su vecina, proyectadas sobre la limpia ropa de la vecina. Como pueden imaginarse, la lección era fácil de aprender. Y desde aquel momento dejó de criticar lo de la ropa; de lo otro no sé. Lo que sí sé que se cuidaba muy bien de no ir con chismes de la vecina a su esposo, después que él descubrió que la suciedad no estaba en el patio de la vecina, sino en su propia casa, y en la falta de limpieza de su esposa.

Eso nos puede causar risa, pero el hecho es tan diáfano, que nos puede poner a pensar, Una vez más tenemos que repetir no son los ojos los que tenemos que limpiar, sino el corazón; y sobre todo, sobre todo, tener mucho cuidado de no proyectar la suciedad, la envidia, la amargura del propio corazón, proyectarlo o reflejarlo en la forma de ver o de juzgar a los demás. Y es que lo que llevamos dentro determina nuestro pensar y nuestro obrar; nuestro modo de reaccionar con los demás. No cabe duda que uno ve muchas veces en los otros lo que uno lleva dentro. De la abundancia del corazón habla la boca. Si somos desconfiados, orgullosos, ambiciosos, envidiosos, pensamos que los otros son lo mismo. Lo dice el refrán: "piensa el ladrón que todos son de su condición". Y a veces estamos tan equivocados. Además de ir por la vida confundidos y sin disfrutar de todo lo bueno que esa vida nos pone delante, vamos por la vida llenos de confusiones.

A propósito de que reflejamos en los demás lo que llevamos dentro, se dice que el famoso pintor español llamado El Greco, pintaba las caras, las figuras, defectuosas, deformadas, no porque lo eran en realidad, sino porque él tenía un defecto en la vista que le impedía ver bien las cosas. Jesús parece que nos invita a que nos pongamos en sus manos de buen cirujano, para sanarnos, para darnos un corazón nuevo y bueno. Parece que nos dice: "Dame tu corazón y yo te daré mis ojos". Es decir, "dame lo que eres, confía en mí; déjame que te dé un corazón nuevo, de modo que veas con mis mismos ojos, con una visión de amor y de comprensión". 

Pues todos nosotros tenemos visión defectuosa si Jesús no nos guía en nuestro modo de mirar, unos ven todo negro, son los pesimistas; otros ven todo verde, son los envidiosos; otros lo ven todo rosado, son los optimistas; otros lo ven todo rojo, y son los miedosos, que en todo ven peligro. Otros lo ven todo azul y son los soñadores. Otros lo ven todo sin malicia, sin suciedad, transparente. 

No sé en qué categoría estará cada uno de ustedes, mis buenos lectores. Lo importante es verlo todo claramente, en su exacta dimensión, con la misma visión de Dios, con sus mismos ojos. Y ésta es la fe. Para esto está la gracia de Dios, para ayudarnos a cambiar el corazón.

 

 

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