Paz y bien para todos. No cabe duda que son muchas las lecciones que podemos sacar del famoso pasaje de San Lucas capítulo 24, versos del 13 al 35. Ese pasaje donde vemos que dos discípulos dejan Jerusalén, se encaminan hacia la pequeña villa de Emaus, y el mismo Cristo en persona se une a ellos y se mezcla en su conversación, y sobre todo, reconoce la situación de desesperanza, de depresión, de tristeza, que hay en sus ojos; y sobre todo, en sus corazones.
En ese pasaje vemos que los ojos de aquellos dos discípulos estaban bloqueados, bloqueados por su ego, bloqueados por su soberbia, por su desesperanza, bloqueados por su propio interés; y no pueden ver con la visión de Dios, no pueden ver los hechos y los acontecimientos que acabaron de suceder en Jerusalén; tal como el Mecías lo había anunciado y tal como Cristo ahora, uniéndose a ellos, aunque ellos no le reconocen, tal como Cristo se lo va a explicar de nuevo, de manera que sus mentes se iluminen y sus corazones se entusiasmen con un nuevo ardor, con un nuevo fuego.

Pues entre las muchas lecciones que podemos sacar y siguiendo meditando, reflexionando sobre este famoso pasaje vemos a Cristo en persona acercarse a dos discípulos que iban tristes, que iban escépticos, deprimidos; su esperanza se había acabado con la muerte de Cristo.

Iban lamentándose de todo lo que había pasado en aquellos días en Jerusalén.

El mismo Jesús iba con ellos y ellos le iban describiendo el funeral, sin darse cuenta de que el difunto no era tal difunto; sino que estaba vivo, y estaba resucitado. Jesús les hablará más que a la mente, al corazón; les explicará cómo el dolor en los planes del Mesías era necesario y conveniente. Poco a poco, al calor de la conversación, los dos discípulos irán sintiendo cercano al peregrino desconocido; hasta que lo invitan a pasar a su casa a pasar la noche, pues el día está ya de caída, y cuando se sientan a la mesa, allí, al partir el pan, descubren que es verdad que Cristo ha resucitado, que Cristo está vivo.

Pues ellos entonces le descubren y le reconocen vivo, resucitado, distinto a como lo habían visto anteriormente, distinto a como lo tendrían que reconocer de ahora en adelante.

Y quiero detenerme un momento en ese hablar más al corazón que a la mente, porque muchísimas veces pensamos que todo tiene que ser razonado, probado, tocado, experimentado, y la resurrección de Cristo no se puede probar o experimentar como un hecho histórico donde hay una serie de fotógrafos o de reporteros que informan sobre lo que ven, sino que tiene que sentirse y experimentarse a través de la fe de saber que Cristo vive.

Aquellos dos discípulos iban razonando y cuando entienden que Cristo vive es cuando dejan que entre la verdad en su corazón.
Muchas veces nosotros razonamos demasiado. Y no es que la fe esté en contra de la razón. Pero a veces queremos convertir la fe en un razonamiento y entonces, cuando no entendemos, es cuando perdemos la fe. Por eso Cristo les explica el sentido del dolor, y les explica, sobre todo el sentido del proceso de la salvación a través de la muerte y de la resurrección. ¿Se acuerdan cuando Tomás,

Tomás el que nosotros a veces decimos que era el incrédulo, el que no iba a creer si no tocaba y ponía sus dedos en las llagas de las manos y ponía su mano dentro del costado de Cristo, cuando se presenta Cristo y Tomás está allí presente, Jesús no le comienza a razonar, sencillamente le dice: "Ven aquí, Tomás, pon tu cabeza, pon tu corazón junto a mi corazón.

Y no seas incrédulo, sino fiel. No estés razonando tanto, sino trata de experimentar y de vivir la verdad y la realidad que soy yo; y que les he anticipado muchas veces, y que ahora pueden experimentar realmente. Yo soy la vida". Por tanto, Cristo habla a aquellos dos discípulos como habló a todos los discípulos dirigiéndose más al corazón que a la mente. El tema del camino ha sido objeto de versos, de poemas, de pinturas, de todas las expresiones del arte. Viene una vez más el tema del camino, presidido por aquél que se define a sí mismo como camino, camino para llegar al Padre, camino porque es guía y es compañía para todos los peregrinos.

En definitiva. Todos somos caminantes. A veces no encontramos el rumbo seguro de nuestra vida.

A veces vamos llenos de desesperanza y necesitamos que alguien en persona, con calor y amor, se acerque y nos anime.

¡Qué bien retrata el poeta en unos bellos versos esta situación de búsqueda y de confusión! ¡Qué solo estoy Señor, qué solo y qué rendido de andar a la aventura buscando mi destino!

En todos los mesones he dormido: en mesones de amor y en mesones malditos, sin encontrar jamás mi albergue decisivo.

Y ahora estoy aquí solo, rendido de andar a la aventura por todos los caminos.

No cabe duda que la situación de aquellos dos discípulos sin esperanza y sin visión se experimenta todos los días en la vida de millones de seres humanos; y necesitamos que alguien venga a animarnos en el camino; alguien que se convierta en camino, en guía, en compañía, en comunicación y en vida. Y esto es lo que nos transmite el evangelio de Lucas, repito, el capítulo 24, cuando nos presenta a Jesús en persona, mezclándose en la conversación de los dos discípulos de Emaus.

Hemos recorrido muchos caminos, hemos probado muchos inventos; hemos seguido o marcado el ritmo o marchado al ritmo de muchos cantos. Pero no acabamos de encontrar el lugar seguro y definitivo.

Y lo peor es que no nos resignamos a estar en esta situación.

Por eso buscamos sentido y esperanza. Buscamos alguien que de verdad nos cambie, nos llene de nueva luz, nos dé una nueva perspectiva.

Por eso Cristo se mezcla entre nuestras realidades, como se mezcló entre la conversación o la discusión de aquellos discípulos.

Cristo se hace caminante por nuestros caminos, muchas veces polvorientos y llenos de barros y llenos de dificultades y tropiezos. No lo vemos porque sólo nos vemos a nosotros; convertimos la vida en un espejo, en el cual sólo nos vemos nuestro ego; vemos nuestra vanidad, o vemos nuestro interés.

Cuando la vida hay que convertirla en una ventana a través de la cual veamos a Dios y veamos a los demás.

Aquellos dos discípulos no veían a Cristo resucitado porque sólo se veían a sí mismos, se veían deprimidos, desesperanzados.

"Nosotros esperábamos" repiten varias veces y Cristo sigue escuchándoles y sigue animándoles, y sigue explicándoles.

Y Cristo sigue hoy vivo y resucitado; y ésta es la experiencia más trascendental de la resurrección; Cristo vive presente entre nosotros; y esto es lo que nos tiene que motivar a dejar caer cualquier venda de egoísmo que está impidiendo verle claramente.

Este evangelio de Lucas nos hace ver una vez más las consecuencias de la resurrección de Cristo; y nos ayuda a experimentar el hecho de que Jesús vive, y de que Él nos acompaña dondequiera que estemos o vayamos.

Lo que provoca la fe pascual no es un acontecimiento histórico objetivo, es El resucitado en persona.

Y me gusta insistir y detenerme en esto de que el mismo Cristo en persona es quien se acerca a nosotros, como se acercó a los dos de Emaus. Es un Dios personal, entrañable, que nos habla y si creemos en El no es tanto por lo que vemos cuánto por lo que Él nos dice. Le seguimos convencidos de que ciertamente Él nos habla y nos llega al corazón al mismo tiempo que ilumina nuestra mente.

Todo es cuestión de comunicación y de corazón. El resucitado, presente entre los suyos, es descubierto precisamente por el puente de la comunicación personal que Él establece con nosotros. Dios no se calla, Dios nos habla y nos acompaña.

Por eso al final del trayecto, aquellos dos discípulos le piden que se quede, que siga compartiendo con ellos en la mesa, la fe es comunicación, relación íntima y personal con Dios. No cabe duda que la aparición de Jesús en el camino de Emaus es una de las más bellas narraciones; con una gran variedad de temas para pensar y para orar, como venimos haciendo en estos días.

Vemos las gentes que pierden la esperanza cuando los sueños se dan por fracasados, y confundimos esperanza con ilusión.

Cuánta gente vive frustrada porque lo que esperaban no se ha logrado; por ejemplo, en el matrimonio, en la profesión, en el trabajo, en la amistad. Aquellos dos discípulos estaban cerrados a ver la realidad. Andaban ciegos. En su frustración dejaron Jerusalén; abandonaron la comunidad; iban hablando mal de todos y de todo. Y es el mismo Cristo quien sale a su encuentro, como (inaudible) sale a nuestro encuentro. Podemos estar seguros que en medio de nuestros fracasos y dificultades Dios también se acerca a nosotros, aunque no nos demos ni cuenta.

Tengan todos mucha paz y mucho bien.
 

 

 

 

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