Paz y bien para todos.

Hay una frase de Jesús que de verdad nos pone a pensar y yo creo que hasta a temblar. 

Está en el Capítulo 18 del Evangelio de Lucas. Y dice así: ¿cuándo regrese el hijo del hombre, encontrará fe en la tierra? 

Muchas veces nos lo han dicho y así trato de explicárselo a los padres después que bautizan a sus niños pequeños. 

La fe es como una semilla o como una lucecita que tiene que crecer. Que tiene que hacerse llama fuerte. 

Pero hay muchos peligros, muchas dificultades que pueden ahogar la fuerza de la semilla o pueden apagar la llama débil. 

Por eso la frase de Jesús, una pregunta abierta, una interrogante que nunca encontrará la total respuesta. La pregunta de Jesús diciendo si habrá fe en la tierra cuando regrese el hijo del hombre, cuando venga el último día.

Esta pregunta nos invita e insiste a mantener viva la llama de nuestra fe hasta el final.

Por eso al principio del capítulo 18 de Lucas, Jesús nos insiste en lo importante que es la perseverancia en la oración.

Hay que orar siempre sin desanimarse. El desánimo, la mediocridad, el cansancio, la pereza, el dejar las cosas para más adelante, son tentaciones que constantemente quieren dar al traste en nuestra fe. Y la fe, repito, si es semilla hay que alimentarla y no hay mejor alimento que la oración. 

Que es la relación íntima, diaria, personal con aquél que es nuestro padre, nuestro amigo, Jesús el Señor.

Por eso el tema de la fe no lo podemos tratar sin relacionarlo con el tema de la oración. 

Y es que una vida de oración sólo es posible cuando hay fe. Y la fe surge del convencimiento de quien sabe que Jesús vive y está presente entre nosotros. Por eso me acerco a él para hablarle, para pedirle, para escucharle, para insistirle, para dejarme acompañar y envolver por su espíritu. 

Nuestra vida es una constante interrogante. Y Jesús viene a darnos respuestas a esas interrogantes.

Alguien puede decir cuáles son las preguntas que hacemos a Dios. 

Yo creo que Dios es el ser a quien más preguntas hacemos y ninguna de ellas son preguntas tontas o sin sentido. 

Todas ellas, precisamente, van en busca del sentido de la vida. 

Preguntamos a Dios ¿qué cosa es el ser humano? ¿Cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte?

Y no sólo preguntamos o queremos averiguar el sentido o la razón, sino que también nos revelamos,

nos desesperamos ante la presencia del mal, del dolor, de la muerte, de la tragedia. 

Y más cuando nuestra lucha es contra estas fuerzas que se escapan de nuestras manos.

A Dios le podemos seguir preguntando por el valor del progreso de otras victorias humanas, cuando se tiene que pagar un precio tan alto y tan caro. 

O también le podemos preguntar sobre lo que el ser humano puede aportar a la sociedad, o sobre lo que hay detrás de esta vida temporal.

Y ante tantas preguntas, siempre encontraremos una respuesta. 

Que si no es convincente a nuestros razonamientos humanos, es suficiente para el que basa la fe en el amor. 

La respuesta de Jesús siempre es la misma. Aquí me tienes, aquí estoy Yo a tu lado.

Yo estaré siempre contigo hasta el final. Pensaremos que la respuesta no explica el dolor. 

Nos desesperaremos al ver o al no ver la luz ante tanta oscuridad. Pero para los que se aman, la sola presencia del ser querido es suficiente para encontrar aliento y alivio en medio de la duda o del dolor. 

Es verdad que Jesús no dio explicación a todas las interrogantes, pero sí nos llenó y nos sigue llenando con su presencia. 

No podemos olvidar la frase que ya he repetido varias veces: Yo estaré con ustedes siempre hasta el final.

Para Dios no existe la burocracia. En las cosas de Dios siempre es necesaria la fe. Y la fe es seguir orando, y orar sin cansarse, sin desanimarse. Pues la oración será el aliento y la respiración en medio de tantas situaciones en las que nos sentimos ahogar o estamos a punto de desesperarnos. La oración incesante es signo de nuestra relación constante, ininterrumpida con Dios.

Una relación creciente, convincente, personal y renovada. Dios siempre nos escucha. 

Lo que pasa es que la respuesta definitiva, la respuesta llena de claridad, la respuesta en la que ya la fe no tendrá ninguna importancia, esa respuesta, muchas veces Dios la deja para el final. Y aquí la importancia de estar siempre en vela, de orar sin desanimarse, de mantener la fe hasta el final.

Para entender todo esto un poco mejor, les quiero presentar una leyenda en la que se habla de un pueblecito situado en la frontera de aquél reino. 

Un pueblo con un castillo, un grupo de vecinos dedicados al trabajo y llenos de aburrimiento. 

Por aquel pueblecito apenas pasaba nadie, ya que estaba muy aislado, cerca del desierto y por no tener, pues no tenía ni agua ni río. 

Pero un día llegó un mensajero del Rey que Dios iba a visitar aquel reino y era muy posible que pasase por aquel pueblecito 

y hasta visitaría el viejo castillo. Aquello cambió la vida de todos los vecinos. Se dieron a la tarea de limpiar las calles, de arreglar el castillo y sobre todo nombrar a un vecino como guardián y centinela. Este debía vivir en la torre del castillo y estar atento, contemplando el horizonte, para avisar de la llegada de Dios, de modo que todos saliesen a recibirle inmediatamente. 

El centinela subió a la torre y pasaba el día y la noche esperando ver a Dios. Se preguntaba, ¿cómo sería? ¿Cómo vendría? 

¿Quién le acompañaría? Y hasta se imaginaba si vendría con un ejército de soldados al son de trompetas. 

La verdad es que iban pasando los días y los meses y los años y el centinela no vio nada extraordinario.

Las gentes se sumieron en el mismo aburrimiento de antes. Muchos se fueron de aquel pueblo. 

Y todos se olvidaron de la posible visita de Dios. 

El único que se mantenía firme en su compromiso, era el centinela. Pero había envejecido, apenas podía ya subir las escaleras de la torre y hasta se llenó de desánimo. ¿Para qué va a venir ya Dios a este pueblo? Si ya no hay nadie en él.

Apenas nunca hubo demasiado deseo o interés por conocerle, y en caso de que Dios llegase a aquel reino, ¿qué interés podía tener el detenerse y visitar aquél pobre castillo? De todos modos, el centinela permanecía obediente a la orden que había recibido de vigilar y su esperanza e ilusión, en parte, eran mayores que sus dudas. 

Un día viéndose ya muy viejo y limitado, dejó salir de su corazón este grito: me he pasado toda la vida esperando la visita de Dios y me voy a morir sin verle. Estaba en la torre del castillo. En aquel mismo momento oyó una voz muy dulce a sus espaldas, pero es que no me conoces . El centinela aún no veía a nadie. Estalló lleno de alegría, hay que bien que ya has llegado.

¿Por qué me has hecho esperar tanto? ¿Por dónde has venido que yo no te he visto? Y nuevamente la voz aún más dulce que anteriormente le dijo, siempre he estado cerca de ti, a tu lado, más aún, siempre he estado dentro de ti. 

Has necesitado muchos años para darte cuenta, pero ahora ya lo sabes. Este es mi secreto, yo estoy siempre con los que me esperan y sólo los que me esperan pueden verme.

Y termina la leyenda diciendo que el alma del viejo centinela se llenó de alegría y viejo y medio muerto como estaba, volvió a abrir los ojos y se quedó mirando amorosamente al horizonte. 

Creo que esta leyenda nos hace entender y hasta temblar ante la pregunta de Jesús: ¿cuándo llegue el hijo del hombre, encontrará fe en la tierra? Lo más triste sería que cuando vuelva no haya nadie en la torre.

Tengan todos mucha paz y mucho bien

 

 

 

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