Paz y bien para todos.

La palabra de Dios está inspirada, es segura, no engaña, es luminosa. Pablo le explica a su discípulo Timoteo, que esta palabra es útil para enseñar, para reprender, para corregir, para educar en la virtud. Y con esa palabra uno puede sentirse bien equipado y entrenado para hacer el bien. Por supuesto que no se trata de andar con una Biblia en la mano y un cuchillo en la boca, con una palabra linda en los labios y frialdad en el corazón.

La palabra de Dios es viva y es actual. Y si es viva tiene que hacerse vida en cada uno de nosotros. Por eso es una palabra que produce dolor, que desgarra, que desafía, que nos pone incómodos, pero es una palabra que cura con su poder y nuestra respuesta. Como divino bisturí que purifica y que sana. En las heridas del divino médico todos fuimos curados. Repito que lo importante es que sea la palabra de Dios la que nos llegue, no las palabras humanas que muchas veces oscurecen o bloquean la verdad de la palabra divina.

Y no nos queda más remedio que proclamar o gritar esta palabra a tiempo y a destiempo. Parece que la prudencia o el tacto que tantas veces invocamos a la hora de tratar de negocios humanos, ese tacto no es tan importante cuando se trata de proclamar la palabra de Dios. No mi palabra, no mi oratoria, no mis ideas, sino la vida y la fuerza que contiene la palabra divina. No es palabra para insultar o imponer intolerantemente mis ideas. Es palabra que también necesita de comprensión y pedagogía para que llegue a más personas. Y todo esto es lo que quiero lograr a través de estos ratos que paso con ustedes en las ondas radiales. Repito que no son mis palabras, sino la palabra lo que quiero que se quede con ustedes. Solo así nuestra fe crecerá, la llama de nuestra esperanza no se apagará, pues la palabra de Dios será como un eco persistente que no para de resonar dentro de nuestro corazón y que al mismo tiempo nutre y anima nuestra fe.

Yo estoy siempre a tu lado. Y nos habla también de esperanza. Yo estoy siempre con los que me esperan y sólo los que me esperan pueden verme. Este es el secreto de Dios. Este es el secreto de la fe viva y animosa, saber que Dios está dentro de uno mismo. Es más íntimo que uno mismo, dirá San Agustín. Saber que él no nos ha dejado. Saber que no necesitamos tener visiones especiales para creer en él. Lo importante es tener fe y esperanza, pues sólo los que esperan pueden ver a Dios.

Y la espera, como muchas veces hemos dicho, se puede hacer larga. Hay muchos siglos que Jesús o hace muchos que siglos Jesús se despidió de sus discípulos, ascendió a los cielos y se fue a prepararnos un lugar junto al Padre. Desde entonces seguimos esperando. Una vez más podemos recordar la vieja canción: La despedida es corta, la ausencia es larga . Aunque aquí se trata de un ausente presente. Es verdad que Jesús se fue, desapareció físicamente de nuestra vista, pero él sigue entre nosotros, él está vivo, él nos sigue acompañando y no nos deja.

La espera se tiene que alimentar de la vigilancia, de la perseverancia. Podríamos decir que el secreto de la fe, lo mismo que el secreto del éxito, está en la perseverancia y en la persistencia. Por supuesto, no nos viene del cielo como agua de lluvia, más bien supone esfuerzo, ánimo, ilusión por nuestra parte. La fe supone trabajar y es que ante la persistencia retrocede el talento, el genio y la educación más esmerada. Una fuerza de voluntad acompañada de la persistencia se convierte en fuerza poderosa, capaz de crear genios, talentos y gentes bien preparadas.

La fidelidad y la constancia no es cuestión de cabezonería. Es ser fieles a una meta, a unos valores. Y en el caso de la fe a una persona, a Jesús. Ser fieles a él, aunque muchas cosas parezcan difíciles, oscuras, contradictorias y el secreto es seguir y seguir sin cansarse. A veces todo lo dejamos en manos del embullo, del entusiasmo, del primer momento. Esto me ha hecho recordar muchas veces un dicho castellano, que más o menos reza así: salida de caballo andaluz y entrada de burro mancebo . Y es que tenemos comienzos o arrancadas de caballo desbocado. Tenemos tanto embullo que no hay quien nos detenga. Comenzamos el día con una tremenda ilusión, pero cuando llega el calor del mediodía, la tentación del cansancio y de la siesta acaban con el embullo y al final del día nos sentimos derrotados.

Por supuesto que es necesario el embullo, la ilusión, el entusiasmo. Esto es como la fuerza generadora y motivadora para seguir en la marcha. Pero sólo con embullo no se anda el camino. Se necesita el pan del trabajo y el vino del entusiasmo. Con pan y vino se anda el camino. Y por supuesto, la fe y la perseverancia. Todo esto me lleva a pensar que lo mismo que no se puede vivir sin pan, lo mismo pasa con la fe y la oración. Sin ella nos vamos muriendo. Vamos perdiendo la alegría y la esperanza. Nuestra vida va careciendo de sentido. Por eso la palabra de Dios es portadora de vida. Esa palabra nos lleva a dar nuestro pan, nuestra ayuda material a los hermanos para que sobrevivan. Pero su vida tendrá más plenitud si les damos también nuestro vino. Es decir nuestra fe, nuestro sentido de la vida. Nuestra ilusión por vivir, a pesar de dudas y dolores o derrotas o fracasos. Sólo perseverando, sabiendo que Dios no nos deja y nos acompaña, sólo así estaremos siempre con la esperanza viva. Y sólo los que esperan pueden ver a Dios.

Y no cabe duda de que para mantener la fe y para mantener esa esperanza, hay que alimentarla con la oración. La relación entre la oración y la vida de cada día está constantemente bien reflejada en cualquier página de la Biblia. Y esta relación no está en algo mítico. En el hecho, que sé yo, de levantar unas manos o de levantar la voz, sino en el mantener levantado el espíritu, la vida, el corazón. El secreto está en mantener una relación constante de amistad, de fidelidad a Dios.

Hay muchas batallas que ganar y muchos enemigos contra los que luchar. Por eso el alma del cristiano es la oración. Oración que siempre está unida a nuestra fe, repito. Sólo es posible orar cuando hay fe. Cuando se sabe y se está convencido de que Jesús sigue a nuestro lado.

Tengan todos mucha paz y mucho bien.

 

 

 

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