Job habla de su vida en términos pesimistas. Considera su vida como una milicia, como una esclavitud, como un trabajo, como una gran carga que tiene que soportar.
Si su presente es dramático su futuro se presenta incierto y sin esperanza. Es la oración de un hombre atribulado que clama a Dios desde su dolor y se siente destrozado. Lo más trágico para Job no el que haya perdido sus posesiones, sino el sentir que Dios lo ha abandonado. El salmo nos muestra como se puede pasar de esta lamentación desesperada a una confianza profunda en Dios: el Señor sana los corazones destrozados, venda sus heridas. La Biblia, especialmente los salmos, nos ofrecen una rica variedad de oraciones en medio de la tribulación.
El ser humano se siente a veces como Job, visitado por el sufrimiento, y por el desencanto. El sufrimiento se encuentra en todas partes, en todos los pueblos, en todas las edades y circunstancias de la vida. Y el sufrimiento, para la
mayoría de los mortales no tiene sentido, resulta inútil.
En estos momentos necesitamos echar mano de la fe. Nos puede ayudar lo que dice el catecismo de la Iglesia católica en el numero 164: "La fe puede ser puesta a prueba. El mundo en el que vivimos parece con frecuencia muy lejos de lo que la fe
nos asegura; las experiencias del mal y el sufrimiento, de las injusticias y de la muerte parecen contradecir la buena nueva, pueden estremecer la fe y llegar a ser para ella una tentación. Entonces es cuando debemos volvernos hacia los testigos de
la fe..."

El sufrimiento humano sólo encuentra una respuesta en el amor de Dios que ha mostrado su omnipotencia de la manera más misteriosa, es decir, a través del anonadamiento voluntario y en la resurrección de su Hijo, por los cuales ha vencido el mal. Hay que tener la plena certeza, aun en medio de grandes y prolongadas tribulaciones, que Dios Padre, en Cristo, vence el mal y la muerte y que las
apariencias de este mundo pasan para dar lugar a la patria celestial.

"... al anochecer cuando se puso el sol... curó a muchos enfermos (Mc 1, 32).
De madrugada... se puso a orar (Mc 1, 35).
Jesús se nos presenta expulsando a los demonios, curando a los enfermos, predicando el Reino, retirándose a orar en soledad. Por donde iba pasando Jesús anidaba el bien y el mal se ahuyentaba.

Jesús viene en búsqueda de los pecadores, de los enfermos. Dice san Ambrosio: "no son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos; no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores". Pero, ¿acaso he venido a
llamarlos para que perseveren en su estado? ¿O más bien para una conversión que los haga salir de su precedente condición, que constituía una enfermedad gravísima y llena de pecados?

La predicación, la sanación de los enfermos, los momentos de la pasión todo lo acompaña Jesús con la oración. Jesús, muy de mañana se retira a orar a un lugar desierto. Jesús ora con frecuencia y que lo hace a solas en lugar desierto. En el
encuentro con el Padre encuentra Jesús la fuerza para luchar, para perseverar en el camino.

La misión del cristiano es como la de Jesús, como la de Pablo. Todo buen cristiano es buen apóstol. Por eso dice san Pablo: "el hecho de predicar no es para mí motivo de soberbia... me han encargado este oficio y ¡ay de mí si no evangelizara!".
El cristiano está llamado a poner luz y vida en medio de la tiniebla y de la muerte.
Ante todos los males que nos rodean, ante el desaliento, la depresión y la violencia, tenemos que ser testigos de fe y esperanza. Nos apremia el amor de Cristo a no dejar
de hacer todo lo bueno que podamos hacer por el bien de los demás. La verdadera desgracia de nuestra vida es dejar de amar con un amor comprometido a Dios y a nuestros hermanos los hombres.
En medio de nuestro trabajo, de nuestra vida agitada. Cuando nos visita el dolor y es de noche, necesitamos alzar los ojos y pedirle a Dios, que pongan sentido a nuestra vida, que enderece sane nuestros cuerpos deshechos.
 

 

 

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