Cuenta Esopo que se presentó un médico en casa de un enfermo que acababa de expirar, y al ver cómo le amortajaban, exclamó:

Este hombre seguramente no habría muerto si hubiese usado lavativas y no hubiera bebido vino.

Qué lástima, doctor, añadió intencionadamente uno de los circunstantes, que hayáis guardado para tan tarde este consejo, del que no puede ya aprovecharse.

Hay muchas actitudes ante la vida y la muerte. No todos piensan de la vida y de la muerte del mismo modo. Hay personas que, amando la vida, la tienen como compañera de camino, como amiga, están preparados y tienen preparada la muerte como una celebración, como una gran fiesta. Para ellas la muerte no es el final de la vida, es el principio de la verdadera vida, de la vida eterna.

Hay otras personas, quizás las más, que les pesa la vida, malviven y no están reconciliados con la muerte, la tienen como enemiga. Tienen la experiencia de que son los otros los que se mueren, ellos siguen vivitos y coleando. Éstos esconden la muerte, la disfrazan, no piensan en ella. 

No la preparan ni se preparan para recibirla como hermana. Para ellos, más que una gracia, es una tremenda desgracia, un trago bien amargo por el que no hay otro remedio que pasar. 

Dios quiere que tengamos vida en abundancia, que vivamos eternamente. 

Nos ha regalado la vida para que la disfrutemos y ayudemos a vivir a los otros. 

Pero constatamos que vivir no resulta fácil, y morir menos todavía. Vida y muerte andan juntas, se dan la mano. Para vivir, hay que morir. La paradoja y el misterio anidan en ambas.

Si el ser humano se pregunta por qué vive, para qué vive y cómo vive; también se pregunta por qué muere y para qué muere. Vivir y morir es ley de vida, aprendizaje continuo; cada día se aprende un poco más a vivir y a morir. "Se pasa tantas veces cerca del cementerio que al final se cae dentro" (proverbio ruso).

Cada muerte que presenciamos tendría que despertarnos un deseo grande de vivir y tratar de construir la civilización de la vida. No debemos esperar demasiado tarde a que la hora de la muerte nos sorprenda en la misma muerte y nos demos cuenta de que no hemos vivido, de que hemos despreciado la vida. No tendríamos que guardar los elogios, flores y bonitos recuerdos para hablar de los seres queridos cuando ya ellos no los pueden escuchar ni acoger. No tendríamos que permitir que nuestros órganos vitales se pudran en la tierra, cuando ellos pudieran salvar muchas vidas. 

Nadie tendría que experimentar en carne propia la afirmación tan terrible de E. Fromm: "Morir es tremendo. Pero la idea de tener que morir sin haber vivido es insoportable".

"Ésta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día" (Jn 6,40).

"Aprendan, hermanos, que no deben morir" (L.Bloy).

 

 

 

 

 

 

 

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