El alma es como un huerto. Ha de tener en cuenta el que comienza oración que comienza a preparar un huerto en tierra muy infructuosa y con muy malas hierbas para que se deleite el Señor. Su Majestad arranca las malas hierbas y ha de plantar las buenas (Santa Teresa de Jesús).

Nos gusta recoger los frutos. Para ello es necesario arrancar las malas hierbas. Cuesta quitarlas a mano, sobre todo cuando el terreno está duro por las heladas y las lluvias. Pero este trabajo no lo hacemos solos, lo hace Dios con nosotros. Lo único que necesitamos es abrirle el corazón, creer en Él y dejarle actuar.

Para creer en la resurrección de Jesús, necesitamos disponer nuestro corazón. Los que caminaron con él no estaban preparados para recibir la buena noticia de la resurrección. Cuando oyeron que vivía, y que había sido visto por María Magdalena, no lo creyeron (Mc 16,11). El mismo Jesús los reprendió por su falta de fe y de apertura, les reprochó su incredulidad y dureza de corazón porque no habían creído a los que le habían visto resucitado (Mc 16,14-15).

Tomás también se resiste a creer. Necesita tocar, ver por sí mismo. De nada le sirve el testimonio de los otros compañeros.

Los de Emaús tampoco lo reconocen, pues estaban sumidos en el dolor y en la frustración (Lc 24,21): los acontecimientos no habían sucedido como ellos pensaban y estaban tristes (Lc 24,17). Jesús se les apareció y empezó a hacerles preguntas. Gradualmente fueron abandonando sus ideas preconcebidas. Jesús caminaba con ellos, pero sus ojos estaban velados (Lc 24,16-17). Lucas cuenta que después de que Jesús les explicó las Escrituras y partió el pan con ellos,  se les abrieron los ojos y lo reconocieron (Lc 24,31). Sus espíritus fueron regados con su presencia amorosa.

Si tanto les costó creer a los discípulos, cuánto más a nosotros. El dolor, la pena, los prejuicios, los otros, nuestra incapacidad para el cambio... obstaculizan frecuentemente la fe.

Dios trata de cambiarnos, de preparar y ablandar la tierra, de abrir nuestro corazón. Él nos dice íntimamente: Abre tu mente y tu corazón, abandona tus falsas expectativas, deja atrás tus ideas fijas, preocupaciones, miedos. Permite que la luz entre en tu vida.

La Pascua es apertura, dejar que Jesús pase y arranque las malas hierbas, riegue y ablande la tierra de nuestra alma. Nos empeñamos en buscar a un Cristo muerto, porque nuestros ojos están velados y nuestro corazón endurecido.

Necesitamos creer que él está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28,20). En ello nos va la vida.

 

 
 
 

 

 

 

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