Acabo de pasar por una de las experiencias mas difíciles, duras y dolorosas de mi vida. La operación de corazón abierto, donde se me reemplazaron tres arterias.

Siempre he dicho que ver a Dios en los momentos de alegría, de felicidad y de bonanza en nuestra vidas es una cosa fácil. Darle gracias a Dios, aunque a veces se nos olvida en esos momentos es una cosa común y sencilla, pues al todo marchar bien, que menos podemos hacer que agradecer a Dios por todo eso.

Ahora bien, en los momentos de dolor, en los momentos de sufrimiento, en los momentos en que casi ni cuentas con un poco de aliento para expresar todo aquello que quisieras, que difícil es ver a Dios, que difícil es en esos momentos el poder decir: "Gracias Dios mío, gracias por el dolor, gracias por el sufrimiento porque a través de ellos otros sufren menos".

Solo hace 45 días de mi operación. Todavía estoy adolorido, la herida, el pecho cada vez que me muevo para un lado u otro, en fin, es la secuela que deja una operación de esta índole. Recuerdo los días seguidos a mi operación y me parecen una pesadilla vivida. Recuerdo como hoy el segundo día en el cuarto de la sala de cuidados intensivos, cuando me sentaron en una butaca reclinable. Allí en la pared frente a mi había un Crucifijo, algunos a lo mejor se preguntaran porque, bueno al ser un hospital católico, cada cuarto tiene en una de sus paredes un Crucifijo. Yo me puse a conversar con el Señor, y primero le daba gracias por haberme dado la oportunidad de salir con vida de esa riesgosa operación. Le di gracias por mi familia, que en todo momento había estado a mi lado, apoyándome y dándome el cariño que es tan necesario en esos momentos. También le di las gracias por todos mis amigos, que con sus oraciones estaban muy cerca de mi y de mi familia, y que con las mismas habían arrancado de las manos del Señor el milagro de mi pronta recuperación.

No les puedo negar que tuve momentos de desesperación, de un dolor intenso, momentos en que la vista se me nublaba, que sentía que la vida poco a poco se me iba de entre las manos, y que era inminente mi partida a la casa del Señor, y allí sentado le decía: Señor Jesús, si me quieres a Tu lado, llévame, yo estoy preparado, estoy listo Señor para partir a Tu llamado, porque estoy seguro de el lugar para donde voy y se que Tu me tienes reservado el mejor lugar del mundo".

Mis hermanos, no creo haber tenido antes en mi vida momentos de una relación tan intensa con Jesús como la que he vivido durante esta operación. No recuerdo el haber visto al Señor tan cerca de mi como durante esos días, y le doy gracias a El, porque a través de ese dolor, a través de ese sufrimiento, a través de esos ratos tan desagradables, se me revelo, me dejo saber que estaba ahí conmigo y reafirme una vez mas aquello que siempre he dicho: "Tenemos que aprender a ver y a buscar a Dios en el dolor".

Que el Señor los bendiga abundantemente a todos.

 

 

 

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