Soledad y encuentro

La soledad para algunos puede ser como un amigo que nos deja estar con nosotros. Para otros, algo que se tiene que evitar a toda costa. Hay soledades que confortan y otras que nos anulan con su contundencia, soledades que se sienten en medio de una multitud y soledades causadas por el distanciamiento de amigos que de pronto nos ignoran. Para muchos la pérdida de esa persona que tanto querían y quieren ha sido el causante de su primer contacto con la soledad y cuando esto pasa los efectos son aún mayores, porque sentirlo por primera vez desconcierta tanto que aumenta su impacto. La pérdida de un ser querido nos sume en la soledad, no sólo por la ausencia física, sino por otras condiciones que llevan a ese aislamiento y que nos dejan desamparados no sólo físicamente, sino también emocional y mentalmente. Sentirse solo, significa estar aislado. Y se puede dar simplemente por la ausencia física, ya que se pasa por un auténtico síndrome de abstinencia en donde incluso el cuerpo físico sufre las consecuencias de la falta de esa persona que se ha ido. Nuestros ojos echan de menos verle, nuestros oídos oír su voz, sus pasos, incluso la música que le gustaba y que a nosotros no nos entusiasmaba demasiado, sus programas de TV… Cuando esos sonidos que formaban parte de su presencia dejan de cobrar vida, se convierten en carencias y si además nos sorprenden inesperadamente, nos rompen por dentro de una forma totalmente desequilibrante, las imágenes, los olores, el tacto… ya que todos nuestros sentidos han dejado de tener aquello que sin darnos cuenta era nuestra alimento vital y una de nuestras más primordiales fuentes de energía. Aparte de esto, que ya es en sí poco llevable, tenemos otra causa de soledad que llega a través de la incomprensión. La muerte de nuestro ser querido pone en relieve un sin fin de sentimientos fuertes y desgarradores que jamás habíamos sentido. Sentimientos que no comprendemos y cuando intentamos compartirlos con nuestros amigos y familiares, lo que nos desmonta es la falta de receptividad y comprensión por parte de estas personas tan allegadas, muy parecida a la de los que forman parte de nuestro entorno y que no están pasando por lo mismo. Y si están pasando por lo mismo, pero a su manera y no la nuestra, el aislamiento y el desconcierto puede ser mayor. Esto nos separa y nos aparta, nos aísla. Nos aísla de las circunstancias en las que hemos sido precipitados, como si nos rodeara una burbuja protectora pero distanciadora, creando aún más soledad, que finalmente nos aísla de todas aquellas personas que antes nos entendían pero que de pronto no nos están sintiendo. No porque no quieren sino porque no pueden llegar hasta donde nosotros queremos. Esta es la auténtica soledad. Si además esa persona que ya no está es la que más nos comprendía, entonces la soledad es total. Ese padre que se sentía cómplice, la madre que acompañaba, el abuelo que conspiraba, el hijo que era aceptado incondicionalmente… Esa complicidad, esa compañía, esa aceptación, esa conspiración… auténticas comunicaciones que de pronto desaparecen, en un mundo dónde cada vez más la verdadera comunicación es el lujo máximo. Y ese aislamiento se refuerza gradualmente y nos aparta de toda posible conexión, porque nos falta lo más importante y nos fallan las personas que tendrían que comprender esto. La muerte de un ser querido con el largo y desgarrador proceso de duelo nos sume en un lento camino de superación. ¿Cuántas veces vamos a tener que superar? ¿Cuántas cosas? ¿Cuántas situaciones? Muchas y todas son duras, los miedos, las culpabilidades, el desespero, la rabia… pero la soledad posiblemente pueda ser la prueba máxima, porque si las otras se van suavizando con el tiempo, la soledad es capaz de ganar terreno hasta anularlo todo. Incluso, con el tiempo, nos puede meter en esos espejismos que en vez de aliviar destacan aún más el aislamiento, como intentar sustituir la ausencia física con una invasión de fotos, que en vez de ser consuelo acentúan que esa persona no es sustituible. Tenemos que ser lo suficientemente dueños de nuestro duelo, para no dejarnos anular por la soledad, tenemos que vivirla pero no ser anulados por ella, y para que esto no pase, la única manera que tenemos es de reencontrar todo lo que esa persona significaba, porque está presente en nuestro interior, donde realmente importa, en nuestro corazón que podrá sentirlo cada vez más, si prescindimos de lo físico. La superación de la soledad no es nada más que el triunfo del amor. Cuando el amor triunfa da vía libre al encuentro. Ese encuentro tan importante con la esencia del ser que aún está con nosotros y como consecuencia, el encuentro con nosotros mismos, con nuestra propia capacidad para volar por encima de las dificultades, la incomprensión y el distanciamiento y aparente abandono de amigos y parientes, que no pueden con nuestro dolor, porque posiblemente aumente el suyo, y por eso se alejan. Ya no vamos a necesitar que nos comprendan porque somos capaces de comprender más allá de expresiones exteriores. En algún momento del duelo dejamos de ser simple materia para convertirnos en amor. En algún momento del duelo empezamos a ser mucho más que lo evidente y empezamos a conectarnos desde nuestro corazón, que se ha vuelto más sabio, que conoce el sufrimiento de la soledad y que ha podido con ello. Hemos superado y lo hemos hecho solos, pero con la ayuda de compañeros que se encuentran en nuestro camino. La compañía y la comprensión que nos aporta el grupo de apoyo, es un refugio y un atisbo de lo que será, cuando hayamos recuperado todo lo que somos en esencia. No necesitamos recetas, ni ejemplos, ni consejos, pero si un grado de valentía importante ya que para salir de la soledad vamos a tener que ser valientes y enfrentarnos con ella. Mirarla a la cara y decirla que no tenemos miedo, ya que nos ha pasado lo peor y hemos sobrevivido. Ahora toca conectar con el amor que llevamos dentro y que es capaz de lanzarnos hasta donde haga falta, para seguir viviendo el encuentro con todo lo que nos rodea, de la mejor forma para nosotros y para nuestros seres queridos. Tenemos que reencontrarnos con nuestra vida. No la de antes, esa ya forma parte de un tesoro interno, que nadie nos puede arrebatar. Tenemos que reencontrarnos con nuestro presente y descubrirnos a través de esa nueva realidad. La muerte de ese ser tan querido nos deja algo muy claro y es lo importante que es vivir el presente. ¿Cuántos asuntos pendientes quedaron? ¿Cuántas cosas que no llegamos a expresar? ¿Cuántas veces que podíamos haber perdonado? Tenemos que aplicar esto a nuestra vida ahora, porque sabemos que las cosas que no se viven dejan huecos irrellenables, en los espacios entre nuestros seres queridos y nosotros. Espacios que aún se potencian más a través de la indiferencia, defensa ante el dolor que nos ha causado el aislamiento de la soledad. La indiferencia no es nada más que sembrar aún más soledad. No lo hagamos, no seamos causantes de más de eso que ya nos ha causado tanto sufrimiento. Dejemos que las lecciones se puedan aprender y apliquemos las conclusiones, como si de esto pudiéramos sacar una nueva fuente de alivio y consuelo. Pero más importante aún, su pérdida nos destaca la importancia que significó en nuestras vidas quererlo y la capacidad que tenemos ahora de vivir ese amor no encerrándolo entre las cuatro paredes de nuestra soledad sino en un reencuentro con todo lo que nos rodea, porque su paso por nuestra vida agrandó las fronteras de nuestra propia vitalidad. Tenemos siempre la solución a nuestra soledad no querida. En nuestras manos están las herramientas que agrandarán el espacio de nuestro corazón para que quepa aquello que nos inspirará a compartirnos, tenemos la capacidad y más importante aún, somos el amor que hace falta para ser ese puente entre nuestra soledad y nuestro encuentro con el mundo, con los demás, con nuestros seres queridos y con esa persona que sigue estando aquí aunque físicamente se haya ido.

 

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