El Cielo

¿Van al cielo los cristianos al morir? Pablo dijo que cuando el muriera iría a estar con el Señor (2 Corintios 5:8; Filipenses 1:23). Puesto que el Señor está en el cielo, Pablo debe estar allí también. Algunas personas dicen que él está disfrutando la presencia de Dios. Otros dicen que él está inconsciente. De cualquier forma, él está en el cielo con Cristo.

¿Qué es este lugar llamado el cielo? ¿es un lugar? Salomón reconoció que el cielo no puede contener a Dios, pero paradójicamente, es el lugar donde Él habita. (1 Reyes 8:27-30). Aunque Dios es omnipresente, no está presente en la misma forma en todo lugar. Por ejemplo: Él vive en los creyentes en una forma en la que no vive en los incrédulos. Nosotros “venimos a su presencia” al estar mas concientes de su presencia.

La escritura nos muestra que Dios, aunque está en todo lugar, ha escogido habitar especialmente en el cielo—o quizá deberíamos decir que los humanos han usado la palabra cielo para referirse al reino divino. Los humanos sabían que Dios no habita en la tierra ni bajo la tierra. Tampoco podían ver a Dios en el cielo, pero usaron la palabra cielo para referirse a la ubicación de Dios.

Muchas personas tienen una comprensión simplista de la ubicación de Dios y otros han sido más sofisticados. A pesar de malentendidos y limitaciones de las palabras humanas, Dios inspiró a los escritores de la Biblia a usar la palabra en Hebreo y Griego que se traduce al español como cielo para referirse al reino divino. Algunas veces el cielo es simplemente una forma de referirse a Dios mismo, algunas veces se refiere a su gloria, a su poder o su a santidad. Él es mayor que el cielo, pero la palabra cielo se refiere a su presencia completa.

Límites de idioma

Naturalmente, puesto que Dios es espíritu, las palabras que sugieren distancia y espacio pueden usarse sólo metafóricamente. El Cielo no está arriba ni abajo, ni al este ni al oeste. No puede ser ubicado en un mapa tridimensional de las galaxias. Así que cuando las personas se preocupan por el lugar al que los cristianos van al morir, están usando terminología que no es adecuada.

Nuestras palabras no pueden explicar realidades espirituales. Tomemos como ejemplo el trío amor, gozo y paz. El amor de Cristo sobrepasa al conocimiento (Efesios 3:19). Dios nos da un gozo inexpresable (1 Pedro 1:8). Su paz trasciende toda comprensión (Filipenses 4:7).

Las palabras nos fallan cuando discutimos estas realidades espirituales. Si no podemos discutir completamente ni siquiera el amor, el gozo y la paz, ¿cuanto más limitados estaremos al discutir la presencia de Dios?

El filósofo griego Platón una vez creó una parábola que ilustra nuestras limitaciones: Había una raza de hombres que vivían sus vidas completas en una caverna. Su único contacto con el mundo exterior eran sombras en el muro. Ellos tenían una comprensión monocromática y bidimensional de la realidad.

Ahora supongamos que uno de los habitantes de la caverna era suficientemente valiente para aventurarse a salir de la caverna para descubrir el mundo de color, textura, olor, profundidad y densidad. ¿Cómo podría el explorador explicar estos conceptos a un pueblo que no tenía experiencia en ellos? Sería imposible describir el aroma del café, el concepto de la iridiscencia o la belleza de una puesta de sol. El sol sonaría como una ficción. Una playa sería algo difícil de creer.

En la misma forma, nosotros vivimos en un mundo limitado. Vemos solamente una fracción de la realidad. Aunque podemos oír que existe un mundo espiritual, no podemos verlo o investigarlo. Aquellos que dejan este mundo para explorar la vida después de la muerte nunca regresan. Sólo Jesús ha cruzado la división.

Sólo unos pocos han visto la gloria de Dios. “Ningún ojo ha visto, ningún oído ha escuchado, ninguna mente humana ha concebido lo que Dios ha preparado para quienes lo aman. Ahora bien, Dios nos ha revelado esto por medio de su Espíritu” (1 Corintios 2:9-10). Así que debemos reconocer nuestra inhabilidad cuando discutimos nuestro futuro eterno con Dios.

Realidad espiritual

El cielo es el reino del espíritu. Cuando Pablo dice que Dios “nos ha bendecido en las regiones celestiales” (Efesios 1:3), no está hablando acerca de un lugar ni acerca del futuro. Está hablando sobre una realidad espiritual—bendiciones espirituales aquí y ahora (mismo versículo). Cuando dice que estamos sentados con Cristo en las regiones celestiales (Efesios 2:6), no está hablando sobre un lugar. Está hablando sobre realidades espirituales: que nuestra vida y existencia están ahora con Cristo.

Con Cristo, podemos entrar en el cielo aún antes de morir. “Así que, hermanos, mediante la sangre de Jesús, tenemos plena libertad para entrar en el Lugar Santísimo” (Hebreos 10:19). Entramos en su presencia no por medio de un transporte físico, sino en la persona interior, en corazón y alma. Es un movimiento del espíritu, no del cuerpo. Es un cambio de actitud, no de altitud.

Nuestra ciudadanía está hoy en el cielo (Filipenses 3:20). En realidad pertenecemos al mundo espiritual. Dios nos está llamando hacia el cielo, hacia su realidad (versículo 14). Puesto que pertenecemos al cielo, necesitamos enfocarnos en las realidades celestiales. Este es nuestro futuro y es nuestro llamado hoy. Compartimos un llamado celestial; hemos probado un regalo celestial (Hebreos 3:1; 6:4). Ya hemos llegado a una Jerusalén celestial (Hebreos 12:22). Estas son realidades espirituales.

Un maravilloso futuro

Pero hay mucho más por venir. Aunque hemos probado las buenas cosas de Dios, esperamos mucho más. Aunque hemos vislumbrado la bondad de Dios, queremos verla más claramente y más abundantemente. Queremos estar saturados de su amor y gloria. Como Abraham, esperamos una patria celestial (Hebreos 11:16).

Ansiamos estar con Dios, para que Él satisfaga nuestros deseos más profundos. Y en 10,000 años habremos apenas comenzado a aprender de su infinita sabiduría y compasión. Tenemos una eternidad de gozo frente a nosotros. “me llenarás de alegría en tu presencia, y de dicha eterna a tu derecha” (Salmo 16:11). Las palabras no pueden describir cuan bueno es esto. Es gozo sin fin, paz bendita y justicia de Dios (2 Pedro 3:13).

Nuestra herencia esta guardada para nosotros en el cielo (1 Pedro 1:4). Hay recompensas espirituales esperando por nosotros. Hay una “casa” eterna reservada para nosotros en el cielo (2 Corintios 5:1; Juan 14:2-3).

Este será nuestro hogar y por eso es que la palabra cielo se usa para referirse al destino eterno de todos los hijos redimidos de Dios. Estar en el cielo es permanecer en Cristo en la presencia de Dios. No importa donde está, es el cielo y nosotros estaremos allí.

Estamos cansados de los dolores y sufrimientos de este mundo. Nosotros “gemimos interiormente, mientras aguardamos nuestra adopción como hijos, es decir, la redención de nuestro cuerpo” (Romanos 8:23). Aún así, esperamos pacientemente (versículo 25), sabiendo que suficientemente pronto, no habrá más muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor. (Apocalipsis 21:3-4; 22:1-5).

En la resurrección, tendremos un cuerpo espiritual (1 Corintios 15:44). En cierta forma seremos como Cristo en su resurrección. (1 Juan 3:2). Será celestial, en todo el sentido de la palabra. “Y así como hemos llevado la imagen de aquel hombre terrenal, llevaremos también la imagen del celestial” (1 Corintios 15:49). Seremos “del cielo” (versículo 48).

Las recompensas del cielo serán nuestras para disfrutarlas por siempre. No es muy importante saber cuando exactamente comenzaremos a experimentar esta gloria. Nuestra ubicación exacta no es muy importante.

Lo importante es que estaremos con el Señor por siempre (1 Tesalonicenses 4:17). Y aún más importante es que por medio del Señor y solamente por medio del Señor, podremos estar allí. Es sólo por gracia que podemos entrar en el reino de los cielos.

Pero gracias sean dadas a Dios, por que Él nos ha dado la victoria. Con Cristo, nuestro futuro está seguro. “El Señor me librará de todo mal y me preservará para su reino celestial. A él sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén” (2 Timoteo 4:18).

 

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