Que no muera el amor

El amor hacia nuestros hijos nos impulsa a reflexionar en la impermanencia y en la fragilidad del ser humano frente a las dolorosas circunstancias que nos toca vivir.

El hombre contemporáneo no vivencia su presente y olvida que cada amanecer le propone "volver a empezar" y romper los lazos con el pasado que lo ha marcado o lastimado.

¿De qué sirve volver al pasado o sumergirse en la vorágine de las experiencias dolorosas si éstas no fructifican? Resulta más sensato rescatar las vivencias que ellos, los hijos que partieron, nos dejaron como recuerdo para reestructurar con amor nuestro mundo destruido y posibilitar así que fructifique con el tiempo con ayuda de nuestra voluntad.

El camino del duelo es todo un proceso de transformación que va evolucionando y que desconocemos cuándo termina, aunque presumimos que terminará el día que dejemos este mundo. Mientras tanto, entendemos que debemos trabajar "con el corazón" para satisfacer nuestras necesidades interiores, para llenar con amor todos esos espacios vacíos que él ha dejado al partir.

No olvidemos que esta dura experiencia ha provocado el derrumbe de nuestra estructura interior, porque los cimientos espirituales que la sostenían quizás no estaban lo suficientemente firmes. Entonces tendremos que juntar muchas fuerzas interiores para volver a colocar los ladrillos y reconstruir toda esa estructura que se ha resentido o quebrantado; recurrir a ciertas armas como la fe, la esperanza, el amor, ayudan en esta difícil, pero no imposible empresa. Estas son las armas combativas en la guerra con nuestros enemigos interiores y debemos usarlas con espíritu de lucha con el convencimiento de llegar a vencer.

 

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